Relato de thriller y suspense

El Eco del Mañana

Capítulo 1: El Ascensor

Elara parpadeó, y las cifras borrosas del informe de gastos en su monitor se enfocaron con dolorosa claridad. Las 23:05. Llevaba doce horas en la oficina. Doce horas alimentada por café requemado y la culpa rancia de una ruptura reciente.

«Solo este informe y me voy», se prometió, frotándose las sienes. El silencio de la planta 22 solo era roto por el zumbido de los servidores y la lluvia que golpeaba los ventanales como pequeños dedos insistentes.

Recogió sus cosas con la agilidad de la agotada desesperación. Bolso al hombro, abrigo en el brazo, tarjeta de acceso en la mano. Salió al pasillo desierto, un túnel de luz fluorescente que olía a limpiador industrial y soledad. Pulsó el botón del ascensor.

Mientras esperaba, con el talón de la bota repiqueteando nerviosamente contra el mármol, su móvil vibró en el bolsillo de su abrigo. Lo sacó.

Un mensaje.

Lo extraño no era el mensaje en sí, sino el remitente.

DE: ELARA (CELULAR) RECIBIDO: 23:07 ENVIADO: 23:15

Elara frunció el ceño. ¿Enviado a las 23:15? Eso eran ocho minutos en el futuro. Un glitch de la operadora, seguramente. Abrió el mensaje.

No subas al ascensor. El de la derecha. Se va a atascar. Usa las escaleras.

Una risa seca, casi un ladrido, escapó de sus labios. ¿Una broma? ¿Algún compañero de IT jugando con el servidor de mensajes? Era absurdo. Estaba en la planta 22. Bajar veintidós pisos por las escaleras era una locura.

Ding.

La puerta del ascensor de la derecha se abrió con un susurro metálico, invitándola a entrar en su caja de acero iluminada.

Elara miró el teléfono. Miró el ascensor.

No seas idiota, pensó. Estaba cansada. Quería su cama.

Guardó el teléfono y entró en el ascensor. Las puertas se cerraron, sellándola dentro.

El descenso fue suave durante los primeros diez segundos. Planta 21. Planta 20. Planta 19.

Entonces, ocurrió.

No fue un ruido suave. Fue un chillido agudo de metal torturado, seguido de una sacudida tan violenta que la lanzó contra la pared. Elara gritó cuando el ascensor se desplomó, no mucho, quizás uno o dos metros, antes de detenerse con un estruendo que le hizo castañetear los dientes.

Y entonces, la oscuridad. Total y absoluta.

Su corazón era un tambor desbocado en su pecho. «No, no, no». Golpeó el botón de alarma. Nada. Pulsó el de apertura de puertas. Muerto.

Sacó su móvil, la única fuente de luz. La pantalla iluminó sus propias manos temblorosas. Marcó el número de emergencias del edificio. Sin señal. La caja de metal era una jaula de Faraday.

Estaba atrapada.

Respiró hondo, tratando de controlar el pánico que le subía por la garganta como bilis. Se sentó en el suelo frío, abrazando sus rodillas.

Y entonces, el móvil vibró de nuevo.

La luz de la pantalla le pareció obscenamente brillante. Otro mensaje. Del mismo remitente.

DE: ELARA (CELULAR) RECIBIDO: 23:12 ENVIADO: 23:45

Abrió el mensaje. Sus ojos escanearon el texto mientras el terror, un terror frío y nuevo, reemplazaba al pánico.

Te dije que no subieras. Tranquila. Tardarán 40 minutos en sacarte. Cuando salgas, NO vayas a casa. Ve al apartamento de Javier. Coge el ferry de la mañana. Tienes que desaparecer.

Elara releyó la última frase. Tienes que desaparecer.

¿Javier? Su ex. No hablaba con él desde hacía tres semanas, desde la pelea que había terminado con todo. ¿Por qué iría allí?

El ascensor crujió sobre ella, como si el cable estuviera decidiendo si soltarla del todo. Elara ahogó otro grito.

No sabía cómo estaba pasando esto. No sabía si era una broma macabra o si se había vuelto loca por el estrés.

Pero la primera advertencia había sido real. Estaba atrapada, exactamente como el mensaje había predicho.

Y si la primera era real… la segunda también tenía que serlo.

Alguien, o algo, quería que desapareciera. Y la única persona que la estaba guiando era ella misma, desde un futuro que, aparentemente, ya había sucedido.

Capítulo 2: El Apartamento 14B

Cuarenta y dos minutos después, las puertas del ascensor fueron forzadas por dos técnicos de mantenimiento con caras de aburrimiento y linternas potentes.

—¿Está bien, señorita? El freno de emergencia saltó.

Elara asintió, incapaz de hablar. Salió a trompicones al vestíbulo de la planta 18, donde la habían liberado. No esperó a que le hicieran más preguntas. Ignoró sus llamadas y corrió hacia la salida de emergencia.

Bajó los dieciocho pisos restantes con las piernas temblando, el eco de sus pasos persiguiéndola. La advertencia resonaba en su cabeza: NO vayas a casa.

La lluvia la golpeó en cuanto salió a la calle. Eran casi las doce de la noche. Su apartamento estaba a diez manzanas al este. El de Javier, a veinte manzanas al oeste, cruzando el puente.

Sacó su móvil. Sin mensajes nuevos. La batería estaba al 34%.

¿Y si era Javier? ¿Una especie de juego enfermo para que volviera con él? Pero, ¿cómo habría podido saber lo del ascensor? Era imposible.

Coge el ferry de la mañana.

Decidió obedecer. Al menos por ahora. El terror a lo desconocido era mayor que su orgullo herido.

Se subió a un taxi, dio la dirección de Javier y pasó los veinte minutos de trayecto mirando por la ventanilla trasera, escrutando cada par de faros, cada sombra en las aceras mojadas. No vio a nadie. Pero la sensación de ser observada era tan intensa que le erizaba la piel.

El edificio de Javier era antiguo, de ladrillo rojo y con una elegante puerta de roble. Elara todavía tenía la llave que él le había dado. Se sentía como una ladrona mientras la introducía en la cerradura.

El apartamento 14B estaba oscuro y silencioso. Olía a él: a su colonia, a café y a ese leve rastro metálico de sus pinturas al óleo.

—¿Javier? —susurró.

Silencio.

Encendió la luz del recibidor. Todo estaba en orden. Demasiado en orden. Sobre la mesa de la entrada, junto al cuenco de las llaves, había un sobre blanco.

Con su nombre. Elara.

Sintió un escalofrío. Se acercó despacio. La caligrafía no era la de Javier. Era precisa, casi impresa.

Dentro había dos cosas: un fajo de billetes de cien dólares y una nota adhesiva amarilla.

El ferry de las 6:15 a la isla. Muelle 4. Te dije que no fueras a casa.

Elara soltó el sobre. ¿Cómo? ¿Cómo podía estar esto aquí? ¿La estaba esperando? ¿Quién la estaba esperando?

Corrió hacia la cocina, buscando un cuchillo. Lo que fuera.

Entonces su móvil vibró. Lo sacó con manos tan torpes que casi se le cayó.

DE: ELARA (CELULAR) RECIBIDO: 00:28 ENVIADO: 01:05

Javier no está. No volverá. Dejaron el sobre para ti. Saben que estás aquí. Tienes que irte. El hombre del abrigo gris te está esperando abajo. NO uses la puerta principal. Sal por la escalera de incendios. AHORA.

Elara ni siquiera dudó. El pánico la impulsó. Corrió al salón, que daba al callejón trasero. Abrió la ventana. El aire frío y húmedo le golpeó la cara. La escalera de incendios de hierro estaba resbaladiza por la lluvia.

Se asomó a la calle principal, veinte metros más allá de la entrada del edificio.

Y lo vio.

Un hombre alto, inmóvil bajo la luz amarillenta de una farola. Llevaba un abrigo gris marengo, empapado por la lluvia. No miraba su teléfono. No esperaba un taxi. Estaba quieto.

Mirando fijamente la puerta del edificio. Esperando.

Elara retrocedió, tapándose la boca para no gritar.

Saben que estás aquí.

Puso un pie en la escalera de incendios. El metal gimió bajo su peso. Abajo, el callejón estaba oscuro, lleno de contenedores de basura y sombras profundas.

No tenía elección. Empezó a bajar, tan rápido como se atrevía, rezando para que el hombre del abrigo gris no la oyera.

Capítulo 3: El Muelle 4

El callejón olía a basura mojada y miedo. Elara aterrizó en el asfalto roto con un golpe sordo, raspándose las palmas de las manos. No se detuvo. Corrió hacia el otro extremo del callejón, lejos de la calle principal donde el hombre de gris esperaba.

Salió a una avenida diferente. Estaba sola. El pulso le golpeaba en los oídos, ahogando el sonido de la ciudad nocturna.

El Muelle 4. Estaba a kilómetros.

Comprobó su teléfono. 29% de batería. Ningún mensaje nuevo.

Empezó a caminar rápido, casi a correr, manteniéndose en las sombras, saltando cada vez que un coche pasaba. Cada persona que veía era una amenaza. El hombre del abrigo gris era solo uno. ¿Cuántos más había? ¿Y por qué la perseguían?

¿Qué había hecho? O, más exactamente, ¿qué iba a hacer?

Llegó a la zona del puerto una hora después, empapada, helada y al borde del colapso. El Muelle 4 era una estructura vieja de madera que se adentraba en el agua oscura. El ferry de las 6:15, el primero del día, aún no estaba allí. El quiosco de billetes estaba cerrado.

Eran las 2:45 de la mañana.

Estaba sola en el muelle. El viento aullaba, trayendo el olor a sal y a pescado. Se escondió detrás de unos grandes bidones de carga, temblando de frío y de terror.

¿Qué hacía ahora? ¿Esperar tres horas y media a la intemperie?

Su móvil vibró. Se sobresaltó tanto que casi gritó.

DE: ELARA (CELULAR) RECIBIDO: 02:46 ENVIADO: 03:15

No estás segura ahí. Te han visto en las cámaras del puerto. Vienen en una furgoneta negra. Corre al final del muelle. Hay una barca de pesca amarrada, la «Estrella del Alba». El motor está preparado. La llave está bajo el asiento del timón.

Elara miró hacia la entrada del muelle. A lo lejos, vio unas luces que giraban. Una furgoneta. Negra.

«No. No puede ser».

Se levantó y corrió. Sus botas resonaban en la madera del muelle. El viento le azotaba el pelo contra la cara.

Vio la barca. La Estrella del Alba. Era pequeña, destartalada, pero real. Saltó a bordo, tropezando con una red.

Oyó gritos detrás de ella.

—¡Ahí está! ¡Deténganla!

Dos figuras oscuras corrían por el muelle. No eran hombres de gris. Iban de negro, con pasamontañas.

Elara buscó a tientas bajo el asiento del timón. Sus dedos rozaron el metal frío de una llave. La cogió, la metió en el contacto.

Giró la llave.

El motor tosió, escupió y luego rugió, cobrando vida.

Un disparo resonó en la noche. Una bala astilló la madera junto a su cabeza.

Elara gritó. Desató el cabo de un tirón, abriéndose la palma de la mano con la cuerda áspera. Empujó el acelerador a fondo.

La barca se separó del muelle con una sacudida, lanzándola contra el timón. Los hombres llegaron al borde, gritando maldiciones que el viento se llevó. Uno de ellos levantó un arma, pero ella ya estaba a veinte metros, adentrándose en la oscuridad del agua.

Estaba a salvo. Temporalmente.

Se alejó del puerto, con el corazón intentando salirle por la boca. Miró su teléfono. 15% de batería.

Y entonces, llegó el mensaje más largo. El que lo explicaría todo.

DE: ELARA (CELULAR) RECIBIDO: 03:02 ENVIADO: 05:30

No sé cómo funciona esto, Elara. Solo sé que estoy en una celda. Me atraparon. Esto es un bucle. Llevo semanas intentando avisarme a mí misma, pero cada vez que te aviso, cambias algo y ellos se adaptan. Creen que robé algo. Algo llamado «Proyecto Eco». Es un software de predicción. Pero se equivocan. Yo no lo robé. Lo creé.

Elara dejó de respirar.

Estaba en tu misma situación. Asustada. Huyendo. Pero me atraparon en el ferry. Tienes que hacer algo diferente. No vayas a la isla. Ve al antiguo observatorio. Javier lo sabía. Por eso se fue. Dejó una copia de seguridad allí. Tienes que encontrarla y destruirla. Es la única forma de que dejen de cazarnos. Es la única forma de que yo salga de aquí. No confíes en nadie. Ni siquiera en…

El mensaje se cortó.

La batería de su teléfono parpadeó. 10%.

¿Ni siquiera en quién?, pensó, frenética.

El teléfono vibró una última vez antes de que la pantalla se volviera negra. Batería agotada.

Un último mensaje había entrado justo antes de apagarse. No del futuro.

Un mensaje normal. Recibido a las 03:04.

El remitente era Javier.

Elara, sé que estás ahí fuera. Sé lo que tienes. Tienes que parar. Ellos no son los malos. Lo eres tú. Deja de huir y entrégales el Eco. O te juro que yo mismo te encontraré.

Elara miró el teléfono muerto. La oscuridad la rodeaba. Estaba sola en medio del agua, con un motor ruidoso y dos mensajes contradictorios.

Una versión de sí misma le decía que destruyera el Eco. Su exnovio le decía que lo entregara.

Ambos la estaban cazando.

Y ella, la Elara del presente, estaba atrapada en medio, sin batería, sin ayuda y sin tener la menor idea de qué era el Proyecto Eco. Solo sabía que lo había creado. Y que, por su culpa, estaba huyendo por su vida.

Capítulo 4: El Reflejo

El amanecer era una herida gris y rosada en el horizonte. Elara había dejado la barca a la deriva y había nadado el último tramo hasta una playa rocosa, lejos del puerto, cerca de la carretera que subía al antiguo observatorio.

Estaba entumecida. El frío se le había metido en los huesos, pero el miedo era un fuego que la mantenía en movimiento.

Javier. Lo eres tú.

Las palabras de Javier la golpeaban. ¿Le había mentido? ¿La estaba engañando para que entregara algo valioso? ¿O la «Elara futura» le estaba mintiendo para proteger su creación?

El observatorio estaba en la cima de la colina, una cúpula blanca y oxidada que parecía un cráneo contra el cielo pálido. La valla estaba rota. Entró.

El lugar estaba abandonado. Polvo, cristales rotos y el olor a moho.

Javier lo sabía.

Recordó que él solía ir allí a pintar. Decía que era el único lugar tranquilo de la ciudad.

Buscó en la sala principal, bajo el telescopio muerto. Nada. Buscó en las oficinas. Papeles viejos, sillas rotas.

Entonces lo vio. Uno de los lienzos de Javier, apoyado contra la pared de la sala de control, cubierto por una lona.

Apartó la lona. No era una pintura. Era un esquema. Un diagrama de flujo complejo con algoritmos que ella reconoció al instante. Era su trabajo. Su proyecto personal. El «Eco». Un motor de análisis predictivo basado en el caos cuántico.

Lo había diseñado en su tiempo libre. Se lo había enseñado a Javier, emocionada. Él no había parecido impresionado.

Pegado al lienzo había un disco duro externo.

La copia de seguridad.

La agarró. Tenía que destruirla. Si la Elara del futuro estaba en una celda, era porque Javier la había traicionado y la había entregado.

Escuchó un ruido fuera. Un coche subiendo por el camino de grava.

Se escondió en la sombra de la gran cúpula, con el disco duro apretado contra su pecho.

Las puertas del observatorio se abrieron de golpe. La luz del amanecer silueteó a dos figuras.

El hombre del abrigo gris. Y Javier.

—Elara, sé que estás aquí —dijo Javier. Su voz era tensa—. Se acabó. Dales el disco.

—No —susurró ella desde las sombras.

—Elara, por favor —dijo el hombre de gris. Su voz era tranquila, razonable—. No entendemos cómo funciona. Solo sabemos que desde que lo activaste, ha creado una fractura. Los mensajes que recibes… no son del futuro. Son ecos. Variaciones. Posibilidades que se colapsan. Estás creando paradojas solo con leerlas.

—Mientes —dijo ella, aunque una duda terrible nació en su interior.

—El ascensor —dijo el hombre—. Lo comprobamos. No iba a atascarse. El sistema de frenos era nuevo. Se atascó después de que recibieras el mensaje, porque el universo intentó hacer real la advertencia. Estás reescribiendo la realidad inmediata, Elara. Y la estás rompiendo.

Javier dio un paso adelante. —Esa mujer de la celda… no eres tú, Elara. Es otra versión. Una que se negó a escuchar. Una que huyó, que fue atrapada y que ahora está atrapada en su propio bucle, enviando mensajes de pánico a otras versiones de sí misma, extendiendo el caos.

Elara miró el disco duro. ¿Era un arma? ¿O una trampa?

—¿Y tú? —le dijo a Javier—. Me dijiste que yo era la mala.

—Lo eres —dijo él, y había dolor en su voz—. Porque no te detienes. Te lo supliqué. Te dije que el proyecto era peligroso. Que estaba atrayendo la atención equivocada. Por eso rompí contigo. Para alejarte de esto. Pero volviste a él.

El hombre de gris extendió la mano. —Danos el disco, Elara. Podemos contenerlo. Podemos detener los ecos. Puedes ser libre.

Elara lo miró. Miró a Javier.

No confíes en nadie.

Pero la Elara que le dijo eso era la que estaba en una celda. La que había fallado.

Recordó el último mensaje de Javier. O te juro que yo mismo te encontraré. No había sido una amenaza. Había sido una promesa. Había ido a buscarla.

Elara dio un paso hacia la luz. El hombre de gris no se movió. Javier la miraba con una desesperación que ella reconoció como auténtica.

Lentamente, extendió la mano y le entregó el disco duro al hombre de gris.

Él lo cogió, asintió brevemente y lo guardó en un maletín metálico.

—Se acabó —dijo él.

En ese instante, Elara sintió que algo cambiaba. Fue como si un ruido blanco que no sabía que estaba oyendo, de repente, se apagara. La presión en sus sienes desapareció. El aire dejó de vibrar.

El silencio.

El hombre de gris se giró y se fue.

Elara y Javier se quedaron solos en el observatorio, mientras el sol por fin salía por encima de las colinas.

—¿De verdad se ha acabado? —preguntó ella, con la voz rota.

Javier la miró. —No lo sé. Pero por ahora… estás a salvo.

Elara quería llorar, gritar y dormir durante una semana. Se apoyó contra la pared. Estaba viva. Era libre.

O eso creía.

Mientras bajaban la colina, ninguno de los dos vio la pequeña luz roja que parpadeaba en el salpicadero del coche de Javier.

Bajo el asiento, pegado con cinta adhesiva, había un pequeño transmisor. Y junto a él, un teléfono móvil barato, encendido.

La pantalla del teléfono se iluminó. Un mensaje nuevo.

DE: DESCONOCIDO RECIBIDO: 06:30

Fase 1 completada. Tienen el señuelo. El Eco principal está a salvo. Bien hecho, Javier. Ella no sospecha nada.

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