Relato de thriller psicologico

El Rostro del Extraño

Capítulo 1: El Despertar

El sol era una aguja de luz que se clavaba en el párpado de Elara. Se giró, gruñendo, y golpeó el espacio vacío de la cama. Frío. Leo ya se había levantado.

El aroma del café recién hecho—amargo y fuerte, como a él le gustaba—se colaba bajo la puerta. Era su ritual. Él se levantaba primero, preparaba el café, y ella se unía cinco minutos después, justo a tiempo para que él le sirviera la primera taza. Llevaban siete años haciendo lo mismo.

Se frotó los ojos y se puso la bata. Bajó las escaleras descalza, con el pelo castaño enredado en un moño improvisado.

—Huele increíble, Leo —murmuró, entrando en la cocina.

El hombre que estaba de espaldas a ella, frente a la cafetera, se giró. Llevaba la camisa azul favorita de Leo, la que tenía el puño ligeramente deshilachado. Sostenía la taza de ella, la que tenía un pequeño cisne pintado.

Pero no era Leo.

Elara se congeló. El grito se le atascó en la garganta, ahogado por un terror frío y paralizante.

El hombre sonrió. Tenía los ojos de un verde pálido, no del marrón chocolate de Leo. Su nariz era recta, no agradablemente torcida por aquel viejo accidente de rugby. Su voz, cuando habló, era un barítono suave, pero un semitono más baja que la de su marido.

—Buenos días, cariño. Te has quedado dormida.

Cariño.

Elara dio un paso atrás, golpeando la jamba de la puerta. —¿Quién… quién demonios eres tú? ¿Dónde está Leo?

La sonrisa del extraño vaciló, reemplazada por una máscara de tierna confusión.

—Ela, ¿estás bien? —Dejó la taza en el mostrador y avanzó hacia ella con las manos abiertas, como quien se acerca a un animal asustado—. Soy yo. Soy Leo.

—¡No! —gritó ella, esta vez con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡No eres Leo! ¡Sal de mi casa!

El hombre se detuvo. Su expresión se endureció ligeramente, pero solo por un segundo. Luego, volvió la preocupación.

—Elara, me estás asustando. Tuvimos esa cena increíble anoche por nuestro aniversario, ¿recuerdas? En La Vela. Pediste el risotto de trufa, como siempre.

Elara sintió que el suelo se inclinaba. Era cierto. Anoche habían celebrado su séptimo aniversario. Habían bebido demasiado vino blanco y habían vuelto a casa riendo. Pero el hombre con el que había cenado era Leo. Su Leo.

Este impostor… ¿cómo podía saber eso?

—¡Llamaré a la policía! —amenazó ella, buscando a tientas su móvil en el bolsillo de la bata. No estaba.

—Tu teléfono está cargando en la mesilla, donde lo dejas siempre —dijo el extraño, con calma—. Elara, mírame. Soy yo. Quizá tuviste una pesadilla.

Corrió escaleras arriba, ignorándole. El corazón le golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado. Irrumpió en el dormitorio. Allí estaba su móvil, cargando.

Lo agarró. El fondo de pantalla la hizo soltar un sollozo ahogado.

Era una foto de su boda. Ella, radiante con su vestido de encaje. Y a su lado, sonriendo, estaba el hombre de la cocina. El extraño de ojos verdes.

—No… no, no, no…

Abrió la galería de fotos. Cientos de imágenes. Viajes a la playa, cenas de Navidad, selfies tontos en el sofá. Todos con él. El hombre que afirmaba ser Leo.

Las fotos con el Leo real—su Leo, el de los ojos marrones y la nariz torcida—habían desaparecido. Como si nunca hubieran existido.

—¿Elara?

La voz del impostor subió por las escaleras. Sonaba genuinamente preocupado.

Elara se encerró en el baño. Se miró al espejo. El mismo rostro pálido y aterrorizado de siempre le devolvía la mirada. Sus ojos grises, muy abiertos.

¿Se estaba volviendo loca?

¿Era esto una especie de colapso nervioso? ¿Una alucinación masiva?

Pero el terror se sentía demasiado real. El instinto primario que le gritaba «PELIGRO» era ensordecedor.

El extraño golpeó suavemente la puerta. —Ela, por favor, ábreme. Estás teniendo uno de tus episodios. ¿Recuerdas lo que dijo la Dra. Miller? Cuando te sientes desconectada, tienes que anclarte.

¿Episodios? ¿Dra. Miller? No conocía a ninguna Dra. Miller.

—¡Voy a llamar a mi hermana! —gritó, marcando el número de Sara.

—Buena idea, cariño —respondió el hombre, su voz tranquilizadora al otro lado de la madera—. Habla con ella.

El teléfono sonó. Una, dos, tres veces.

¿Diga?

—¡Sara, gracias a Dios! —lloriqueó Elara—. Hay un hombre en mi casa. Dice que es Leo, ¡pero no lo es! ¡No sé dónde está Leo, tienes que ayudarme, tienes que llamar a la policía…!

Hubo un largo silencio al otro lado. Luego, la voz de Sara, tensa y cansada.

¿Elara? ¿Otra vez?

—¿Qué… qué quieres decir con «otra vez»? ¡Sara, escúchame!

Elara, Leo está ahí contigo. Acabo de colgar con él hace cinco minutos. Me dijo que te habías despertado… rara. Por favor, cielo, no empieces de nuevo. Pensábamos que la nueva medicación estaba funcionando.

El teléfono se le resbaló de la mano y golpeó el suelo de baldosas con un ruido sordo.

Medicación. Episodios. Otra vez.

Todos estaban en su contra. O ella había perdido la cabeza.

El pomo de la puerta del baño empezó a girar. Él tenía la llave.

Capítulo 2: La Habitación Sellada

La puerta se abrió. El impostor—su «marido»—la miraba con una lástima infinita. En su mano no había un arma, sino un pequeño vaso de agua y dos pastillas blancas.

—Lo siento tanto, cariño —susurró—. Creí que estábamos mejorando.

Elara retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de la ducha. No había escapatoria. Si luchaba, si gritaba, solo confirmaría su «diagnóstico». Si la creían loca, la incapacitarían. Y si no estaba loca, y esto era una conspiración… también la incapacitarían.

Estaba atrapada.

Tenía que fingir.

Respiró hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos. Levantó la vista hacia él, forzando una expresión de confusión en lugar de terror.

—Yo… no lo entiendo. Lo siento. De repente… no te reconocía. Fue como… como si te hubieran borrado.

La expresión del hombre se suavizó. Era un actor brillante. Se acercó y le tendió las pastillas.

—Es la enfermedad, Ela. No eres tú. Es esa niebla que te entra, ¿recuerdas? Tómate esto. Volveremos a la cama un rato.

Elara asintió. Cogió las pastillas y el agua. Se las llevó a la boca, fingió tragar y, mientras él se giraba para coger una toalla, las escupió en la palma de su mano y las metió en el bolsillo de la bata.

—Me siento… mareada —mintió—. Creo que necesito sentarme.

—Claro, cariño. Te ayudo.

La guió de vuelta al dormitorio. La arropó en la cama como si fuera una niña.

—Tú descansa —dijo, besándole la frente. El contacto de sus labios, fríos y extraños, hizo que Elara tuviera que reprimir una arcada—. Yo llamaré a la Dra. Miller para reprogramar tu cita. Y cancelaré la cena con los Henderson.

Elara asintió, cerrando los ojos. Fingió que su respiración se volvía profunda y regular. Oyó cómo él cogía su teléfono y salía de la habitación, cerrando la puerta con cuidado.

Se quedó inmóvil durante diez minutos.

Cuando estuvo segura de que él estaba abajo, probablemente en su despacho, se levantó de un salto.

Las pastillas. Eran la prueba. Las guardó en un trozo de papel de seda.

Necesitaba pruebas de su propia cordura. Su vida no podía haber sido borrada tan fácilmente. Tenía que haber algo que él—o ellos—hubieran pasado por alto.

Rebuscó frenéticamente en su armario, en el fondo, detrás de las botas de invierno. Había una vieja caja de zapatos. Dentro, entre cintas de casete y pulseras de festivales, había un disco duro externo. El que usaba antes de «la nube».

Rezando, lo conectó a su portátil.

El disco zumbó. Cientos de carpetas. «Universidad». «Primer Trabajo». «Boda Sara».

Y luego: «Grecia 2017».

Contuvo el aliento y abrió la carpeta.

Y allí estaba él.

Su Leo.

Fotos de ambos en Santorini. Leo, con la nariz quemada por el sol y esa sonrisa torcida que Elara adoraba. Leo, saltando desde un acantilado al agua azul. Una foto borrosa de ambos besándose, tomada por un camarero amable.

Era real. No estaba loca.

Las lágrimas de alivio le quemaron los ojos. Lo copió todo a un pendrive que llevaba en el llavero.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué este engaño tan elaborado? ¿Y dónde estaba el verdadero Leo?

El miedo volvió, más frío esta vez. Esto no era una enfermedad. Era un secuestro. Una sustitución.

Escuchó un ruido en el pasillo. Cerró el portátil de golpe.

La puerta se abrió. El impostor la miraba desde el umbral. Su rostro ya no era amable ni preocupado. Estaba frío. Calculador.

—No te has tomado la medicación, Elara.

En su mano sostenía el pequeño vaso de agua del baño. En el fondo, intactas, estaban las dos pastillas que ella había escupido en el lavabo, pensando que se irían por el desagüe. Un error estúpido.

—¿Qué… qué está pasando? —preguntó ella, retrocediendo.

—Estaba tratando de hacer esto por las buenas —dijo él, avanzando hacia ella. Sacó algo del bolsillo. Un pequeño llavero.

Elara reconoció el llavero. Era de Leo. Uno que ella le había regalado, con un pequeño faro.

—¿Dónde está? —exigió ella—. ¿Qué le has hecho?

—Él se interpuso —dijo el impostor—. Él no quería entender que esto era por tu propio bien. Por nuestro bien.

—¿Nuestro bien? ¡Ni siquiera te conozco!

—Oh, sí me conoces, Elara. Solo que aún no me recuerdas. Pero lo harás.

Se abalanzó sobre ella. Elara gritó y cogió lo primero que encontró en la mesilla: un pesado libro de tapa dura. Lo golpeó con todas sus fuerzas contra el rostro del hombre.

Hubo un crujido satisfactorio. Él retrocedió, aullando de dolor, con la mano en su nariz, ahora sí, torcida.

Elara no esperó. Salió corriendo del dormitorio.

Sabía dónde tenía que ir. Había un lugar en la casa que «Leo» siempre mantenía cerrado con llave. Un lugar al que ella nunca había tenido permitido entrar.

La habitación del ático, al final del pasillo. La que él siempre decía que estaba llena de aislamiento viejo y polvo.

Corrió hacia la puerta, pero él la agarró del pelo. Ella cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra el suelo. Vio estrellas. El impostor se cernió sobre ella, su rostro una máscara de furia, con la sangre goteando de su nariz rota.

—¡Niña estúpida! —siseó—. ¡Teníamos un protocolo!

Antes de que pudiera reaccionar, él sacó una jeringuilla del bolsillo interior de su chaqueta.

Elara luchó, pero él era demasiado fuerte. Sintió el pinchazo agudo en el cuello. El líquido frío inundó su sistema.

—Vas a dormir ahora, Elara —susurró él, mientras el pasillo empezaba a girar—. Y cuando despiertes… me amarás.

Sus párpados pesaban como plomo. Lo último que vio antes de que la oscuridad la reclamara fue la puerta cerrada del ático.

Capítulo 3: Protocolo Fantasma

Elara despertó con un dolor de cabeza que partía su cráneo en dos. La luz era tenue. El aire olía a polvo y a algo metálico, como sangre vieja.

Estaba tumbada en un colchón en el suelo. La habitación era pequeña, las paredes inclinadas delataban que estaba en el ático. La única luz provenía de una pequeña ventana circular enrejada.

La puerta. La puerta que siempre estaba cerrada.

Se incorporó. El cuerpo le dolía. La droga la había dejado atontada, pero la adrenalina estaba empezando a hacer su trabajo.

La puerta de madera maciza tenía una pequeña trampilla metálica a la altura de los ojos. Estaba encerrada.

—¡Eh! ¡Sacadme de aquí! —golpeó la puerta con los puños.

Nadie respondió.

Se obligó a calmarse. A pensar. El pendrive. Palpó el bolsillo de su bata. Seguía allí. Tenía la prueba.

Examinó la habitación. Era un almacén, pero no de cosas viejas. Había cajas de cartón idénticas, apiladas hasta el techo, todas etiquetadas con códigos alfanuméricos.

«SUJETO-E-001: ROPA». «SUJETO-E-001: RECUERDOS (INFANCIA)». «SUJETO-E-001: FOTOGRAFÍAS (PRE-PROTOCOLO)».

Sujeto E. Elara.

Con manos temblorosas, abrió la caja de «FOTOGRAFÍAS». Dentro, había cientos de fotos, todas del Leo real. Su vida entera con él, catalogada y almacenada como pruebas en un juicio.

Esto era un reemplazo sistemático. Le habían extirpado la vida.

En el fondo de la caja, encontró un sobre manila. Dentro había un informe.

PROTOCOLO ESPEJO: INFORME DE PROGRESO SUJETO: Elara Vance (E-001) AGENTE (IMPOSTOR): Leo Vance (L-002) OBJETIVO: Sustitución completa y transferencia de afecto. ESTADO: Inestable. El Sujeto E muestra una resistencia anómala a los agentes químicos de borrado (Nivel 4). Los recuerdos fantasma persisten.

«Recuerdos fantasma». La imagen de su verdadero marido.

Siguió leyendo. Hablaba de «fases de implantación», de un «incidente» hacía seis meses (su «episodio») donde ella casi había descubierto la verdad. Hablaba de la Dra. Miller, la «manejadora» psicológica. Hablaba de Sara, su hermana, que estaba siendo «gestionada» con amenazas contra sus hijos.

Pero, ¿por qué? El informe no lo decía. Solo hablaba de la importancia del «Protocolo Espejo».

Oyó pasos en la escalera del ático. Se metió el pendrive en la boca, bajo la lengua.

La trampilla de la puerta se abrió. Los ojos verdes del impostor la escrutaron. Su nariz estaba hinchada y morada.

—Veo que has estado leyendo —dijo, su voz nasal por la herida.

—¿Dónde está él? —preguntó Elara, su voz un susurro ronco—. ¿Dónde está mi marido?

—Tu marido está muerto —dijo el impostor, sin emoción—. Murió en el accidente.

—¿Qué accidente?

—El accidente de coche de hace seis meses. El que te causó el trauma cerebral. El que te hizo olvidar.

Elara sintió un escalofrío. ¿Era posible? ¿Estaba tan rota que había inventado los últimos seis meses con un Leo falso?

—Mientes —escupió.

—No miento. Estabas destrozada, Elara. Suicida. No podías aceptar que él se había ido. Nosotros… yo… te ofrecimos una alternativa. Un reinicio. Te di una nueva versión de Leo. Una versión que no murió.

—¿Quiénes sois «vosotros»?

El impostor sonrió. —Somos los que arreglamos las cosas. Se llama «Terapia de Sustitución Empática». Creamos un mundo en el que el trauma nunca ocurrió. Eras feliz, Elara. Hasta esta mañana.

—No era felicidad. Era una mentira.

—La felicidad es solo química cerebral. Nosotros te la dimos —dijo él—. Pero sigues aferrándote al fantasma. Tendremos que aumentar la dosis. Borrarlo del todo.

La trampilla se cerró. Oyó cómo echaba el cerrojo.

Elara se quedó en la oscuridad. ¿Muerto? ¿Leo estaba muerto?

No. No podía ser. Si estaba muerto, ¿por qué guardar todas sus fotos? ¿Por qué el impostor tenía el llavero del faro en el bolsillo?

Mintió sobre la medicación. Mintió sobre los episodios. Estaba mintiendo sobre el accidente.

Leo estaba vivo. Y este hombre—esta «organización»—lo tenía.

Tenía que salir de allí.

La ventana. Era pequeña, pero quizá lo suficiente. Estaba a tres pisos de altura.

Empezó a apilar las cajas. «ROPA». «LIBROS». «RECUERDOS». Construyó una torre precaria. Se subió. Los barrotes de la ventana eran de hierro fundido, pero el marco de madera que los sostenía estaba podrido por la humedad.

Usó la tapa metálica de una de las cajas como palanca. Hizo fuerza, una y otra vez, mordiéndose el labio hasta sangrar.

La madera crujió. Luego cedió. El marco entero, con los barrotes, se soltó.

El aire frío de la noche golpeó su rostro. Estaba lloviendo.

Miró hacia abajo. Era una caída mortal. Pero a la derecha, el tejado inclinado llevaba hasta una vieja escalera de incendios.

Era su única oportunidad.

Capítulo 4: El Reflejo

Sacó el cuerpo por la ventana. El tejado estaba resbaladizo por la lluvia. Se movió a gatas, centímetro a centímetro, con las uñas arañando las tejas. El viento aullaba.

Debajo de ella, oyó el estruendo de la puerta del ático al abrirse.

—¡Está escapando! ¡Está en el tejado!

La voz del impostor.

No miró atrás. Llegó a la escalera de incendios y empezó a bajar, con los peldaños de metal helado resbalando bajo sus pies descalzos.

Saltó los últimos dos metros, cayendo sobre el césped empapado del jardín trasero.

Echó a correr.

Corrió hacia el bosque que rodeaba la casa. Las ramas le arañaban la cara, pero no se detuvo. Solo cuando estuvo a un kilómetro de distancia, oculta en la profunda oscuridad del bosque, se atrevió a parar y mirar atrás.

La casa estaba iluminada. Dos figuras. El impostor y otra persona, una mujer alta y delgada. La Dra. Miller, supuso. Estaban barriendo el jardín con linternas.

Se dejó caer contra un árbol, jadeando, escupiendo el pendrive en su mano temblorosa.

Lo había conseguido. Estaba fuera.

Pero, ¿adónde ir?

No podía ir a la policía; la creerían loca. No podía ir con Sara; estaba comprada.

Sacó su móvil, que milagrosamente seguía en el bolsillo de la bata. La batería estaba al 12%. No había cobertura en el bosque.

Tenía que volver a la civilización.

Empezó a caminar, siguiendo el sonido distante de la autopista.

Tardó una hora en llegar a una estación de servicio abierta 24 horas. Entró, descalza, con la bata empapada y cubierta de barro. El dependiente la miró con los ojos abiertos como platos.

—Señora, ¿se encuentra bien?

—Necesito… necesito usar un ordenador —dijo Elara, tratando de sonar coherente—. Por favor. Es una emergencia.

El dependiente, un chico joven, debió ver la desesperación pura en sus ojos. Señaló una vieja torre de PC en la oficina trasera.

—Diez minutos.

Elara se sentó. Introdujo el pendrive.

Abrió la carpeta «Grecia 2017». Las fotos de su verdadero marido llenaron la pantalla.

Pero mientras miraba, algo captó su atención. Una foto que no recordaba haber tomado. Estaba al final de la carpeta. Era una foto de ella, dormida en la cama del hotel. Leo no estaba.

En la esquina de la imagen, sobre la mesilla de noche, había un libro.

Elara amplió la imagen. El título era borroso. Jugó con el contraste.

«El Protocolo Espejo: Un Estudio sobre la Replicación de la Identidad». El autor: Dr. Aris Thorne.

No era «Miller». Era «Aris». Y no era un accidente. Leo estaba investigando esto.

Hizo clic en la siguiente foto. Era un selfie. Pero no de Leo.

Era un selfie del hombre de los ojos verdes. El impostor.

Estaba en su habitación de hotel en Grecia. Dos años antes. Llevaba una acreditación.

«SIMPOSIO DE NEUROCIENCIA. DR. LEO VANCE».

Elara sintió que la sangre se le helaba.

Miró la foto. Miró la acreditación. Miró el rostro sonriente del impostor.

Y entonces lo entendió.

El hombre de la acreditación no era el impostor.

Era su marido.

El hombre de los ojos verdes era Leo Vance. El hombre que la había consolado, drogado y encerrado.

El hombre de las fotos del disco duro—el de los ojos marrones y la nariz torcida, el hombre que ella había estado buscando, el hombre que creía amar—era el impostor.

La enfermedad era real. La «niebla» era real.

Hacía seis meses, ella no había descubierto ninguna conspiración. Hacía seis meses, había sido contactada por un hombre que decía que su marido era un fraude. Un hombre que le mostró fotos falsas, que le implantó «recuerdos fantasma» para convencerla de que el hombre con el que vivía era un reemplazo.

El hombre de los ojos marrones. El «fantasma».

Él era el verdadero enemigo. Él la había «programado» para que desconfiara de su verdadero marido.

El accidente de coche… el trauma cerebral… todo era una mentira creada por el «fantasma» para ponerla en contra de Leo.

Y esta mañana, el programa se había activado.

Elara miró su reflejo en la pantalla oscura del monitor.

Había escapado. Había corrido.

Pero había corrido huyendo del hombre que intentaba salvarla.

Había corrido directamente hacia la trampa que el verdadero impostor le había tendido.

El teléfono de la oficina sonó. El dependiente contestó.

—¿Estación de servicio de la Ruta 9? Sí, soy yo. ¿Una mujer? Sí, acaba de entrar. Descalza, con una bata…

Elara levantó la vista. El chico la miraba, pálido.

—Dicen que es usted una paciente desaparecida del Sanatorio Miller. Dicen que es peligrosa.

Elara miró la puerta.

A lo lejos, las luces de los faros se acercaban. Y no eran de la policía.

Si te ha gustado esta historia de thriller y suspense, te fascinará el thriller tecnológico de guerra y supervivencia que exploro en mi novela ‘La Firma del Cisne‘ y el resto de relatos disponibles.

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