Thriller regalo reyes magos

El Coleccionista de Ilusiones

Capítulo 1: El Caramelo de Terciopelo

Las luces de Navidad de la calle Mayor parpadeaban de forma errática. A Elena siempre le habían parecido más melancólicas que alegres, como un intento desesperado por iluminar la humedad de enero. Faltaban tres días para la Noche de Reyes y su hijo, Leo, de siete años, era un torbellino de energía eléctrica.

—Mamá, ¿crees que el Paje Real le dio mi carta a Gaspar? ¡Le pedí el Halcón Milenario de piezas, el grande! ¡Y la pista de carreras!

Elena sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. —Seguro que sí, cariño. Te has portado muy bien.

Mientras Leo corría hacia el parque, Elena se detuvo. Al otro lado del arenero, sentada en un banco con la rigidez de una estatua, estaba Sofía.

Sofía vivía tres puertas más abajo. El año pasado, había sido la niña más vibrante del barrio. Este año, era una cáscara. En su regazo sostenía el regalo que le habían traído los Reyes el enero anterior: una casa de muñecas victoriana, exquisitamente detallada. Sofía la había deseado con toda su alma. Y la había conseguido.

Desde el seis de enero del año pasado, Sofía apenas hablaba.

Su madre, Clara, estaba a su lado, con la mirada perdida y ojeras que parecían moratones. Elena se acercó, con una sensación de frío en el estómago.

—Hola, Clara. Hola, Sofi.

Clara levantó la vista, forzando una sonrisa que fue una mueca. —Ah, Elena. Hola.

Sofía no se movió. Sus dedos trazaban el contorno de una de las ventanas de la casa de muñecas, un movimiento rítmico, hipnótico.

—Leo está… bueno, ya sabes. Como una moto —dijo Elena, intentando sonar casual.

—Sí. Recuerdo esa energía —murmuró Clara. Su voz era un susurro seco—. Disfrútala.

—¿Cómo… cómo está ella?

Clara miró a su hija. —Los médicos dicen que es un… «bloqueo selectivo». Estrés post-vacacional, dijeron primero. Luego, que era algo psicológico. Pero ella está… vacía, Elena. Como si le hubieran robado la ilusión.

Elena tragó saliva. Recordaba perfectamente la Cabalgata del año pasado. La carroza de Baltasar se había detenido justo delante de sus casas. Un Paje Real, diferente a los demás, había bajado. No era el típico voluntario con una barba postiza. Este se movía con una gracia líquida, vestido de terciopelo azul oscuro y oro. Llevaba una bolsa de raso.

Mientras los demás Pajes lanzaban caramelos al voleo, este se había acercado directamente a Sofía. Se arrodilló, le ofreció un caramelo envuelto en papel dorado brillante y le dijo algo al oído. Sofía, radiante, había aplaudido.

Al día siguiente, obtuvo la casa de muñecas. Y empezó el silencio.

—Fue ese Paje —dijo Elena en voz baja, casi para sí misma.

Clara se tensó. —¿Qué?

—El Paje de terciopelo. El que le dio el caramelo dorado.

Los ojos de Clara se llenaron de un terror repentino y febril. —Nadie más lo recuerda. Todos dicen que eran los voluntarios de siempre. ¡Pero yo lo vi! Era… era demasiado perfecto.

—¡Mamá, mira!

Leo venía corriendo hacia ella. En su mano, sostenía un caramelo. Envuelto en papel dorado brillante.

—Un señor muy elegante me lo ha dado. ¡Dice que es un Paje Real adelantado!

Elena sintió que el suelo del parque se hundía bajo sus pies. Barrió la zona con la mirada. No había nadie. Solo los padres de siempre, empujando columpios.

—¿Dónde está, Leo? ¿Dónde está el señor?

—Se ha ido. Hacia allí —dijo Leo, señalando la salida del parque que daba al callejón oscuro tras la vieja panadería.

Elena agarró el caramelo. No era un dulce industrial. Era pesado, artesanal. Le arrancó el envoltorio. Dentro, no era un tofe. Era una especie de resina dulce, de un color ámbar oscuro, con algo diminuto suspendido en el centro.

Clara ahogó un grito. Señaló el caramelo. —El de Sofía… tenía una mosca diminuta dentro.

Elena miró el que sostenía. En el centro, había una pestaña. Una pestaña pequeña, oscura. Igual a las de Leo.

Con un grito ahogado, Elena lanzó el caramelo contra el suelo de piedra, donde se hizo añicos.

—¡Mamá! —lloró Leo—. ¡Era mío!

—No, Leo. No lo era —dijo ella, agarrando a su hijo de la mano con una fuerza que le hizo daño.

Esa noche, cuando Leo ya dormía, Elena encontró una pluma de pavo real, larga y brillante, colocada sobre el felpudo de su puerta. No había venido con el correo. Sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que era una marca.

Una confirmación.

Habían elegido a Leo.

Capítulo 2: El Precio de la Ilusión

El cuatro de enero amaneció gris. Elena no había dormido. Pasó la noche en Internet, buscando en foros locales, archivos de noticias de pueblos cercanos. Usó términos clave: «Niño deja de hablar Reyes», «Regalo perfecto silencio», «Paje Real terciopelo».

Encontró tres casos en los últimos cinco años.

El primero, en un pueblo de la sierra. Un niño llamado Mateo. Había pedido un tren eléctrico imposible de encontrar, una edición de coleccionista de los años 50. Lo consiguió. Dejó de hablar el siete de enero.

El segundo, dos años después, en el barrio de al lado. Unas gemelas, Lucía y Martina. Pidieron ser «princesas de verdad». El seis de enero, aparecieron en su habitación dos vestidos idénticos, cosidos con hilo de oro auténtico, y dos pequeños ponis en el jardín. Los ponis desaparecieron esa misma tarde. Las niñas entraron en un estado catatónico del que solo salían para mirarse la una a la otra, en silencio.

El patrón era el mismo. Un deseo imposible. Un Paje elegante. Un caramelo de resina. Y un silencio perpetuo.

No era magia. Era algo peor. Era humano, deliberado. Un depredador que usaba la tradición más sagrada como camuflaje. Un «Coleccionista de Ilusiones».

Elena fue a la policía.

El agente que la atendió, un hombre joven con cara de sueño, bostezó mientras ella hablaba.

—Señora, me está diciendo que… un Paje Real está drogando niños con caramelos de resina para robarles… ¿la ilusión?

—¡Está marcándolos! ¡Mi hijo recibió uno! ¡Y mire esto! —Sacó la pluma de pavo real.

El agente la miró. —Es una pluma. Bonita. Mire, señora… es la época. Hay mucho estrés, los niños piden cosas…

—¡Usted no me cree!

—Le creo que está usted asustada. Pero no puedo abrir una investigación porque a un niño le hayan dado un caramelo en un parque.

Elena salió de la comisaría temblando de rabia. Estaba sola.

Volvió a casa de Clara. La encontró en el porche, fumando.

—Él vuelve —dijo Elena, sin rodeos—. Ha marcado a Leo.

Clara tiró el cigarrillo. —¿El caramelo?

—Y una pluma.

—La casa de muñecas de Sofía… —susurró Clara, con los ojos vidriosos—. La noche del cinco, la oí. La oí susurrar. Le decía a Sofía que la magia era real, pero que la magia exigía un pago. «Un pago de silencio», decía.

—¿La muñeca hablaba?

—¡No! O sí… no lo sé. Era como… como un eco en mi cabeza. Cuando entré en la habitación, Sofía estaba despierta, sentada en la cama. Y la casa de muñecas estaba al pie, aunque yo la había dejado en el salón. Sofía me miró y me dijo sus últimas palabras. Dijo: «Gracias por pagar, mamá».

Elena sintió náuseas. —¿Pagar?

—La noche de la Cabalgata —confesó Clara, rompiendo a llorar—. El Paje elegante, el del terciopelo… se me acercó. Me dijo que había visto el deseo de Sofía. Que él podía conseguir esa casa. Me preguntó cuánto la quería.

—¿Dinero?

—Peor. Me preguntó: «¿Qué daría usted por su ilusión?» Y yo… borracha de la fiesta, del ambiente… le dije: «Lo daría todo».

Una transacción. El Coleccionista no robaba. Hacía tratos. Y usaba a los padres como intermediarios involuntarios.

Elena corrió a casa. Encontró a Leo en el salón, dibujando su carta de Reyes «de refuerzo», por si la primera no había llegado bien.

—Mamá, he añadido el robot que dispara. ¿Está bien?

Elena se arrodilló. Su corazón latía con fuerza. Se obligó a recordar. ¿Cuándo había cometido ella el error?

…dos semanas antes. En el centro comercial. Leo lloraba por el Halcón Milenario. Era carísimo. Elena, agotada, había suspirado, mirando al Buzón Real que tenían allí montado: «Cariño, ojalá los Reyes pudieran traértelo, pero es imposible. Daría cualquier cosa por un poco de silencio y que fueras feliz…»

«Daría cualquier cosa».

Oh, Dios.

El teléfono sonó. Era un número oculto.

—¿Elena?

Una voz masculina. Suave como el terciopelo.

—¿Quién es?

—Solo un humilde servidor de Sus Majestades. He visto el deseo de su hijo. Es un deseo potente. Una gran ilusión.

—Aléjese de mi hijo.

Una risa baja. —Pero si usted ya ha pagado, Elena. «Daría cualquier cosa». ¿Recuerda? La transacción está aceptada. Nosotros solo entregamos. Mañana por la noche, preparen los zapatos. La magia es imparable.

Colgó.

Elena miró a Leo, que dibujaba ajeno a todo. La Cabalgata sería mañana. La Noche de Reyes. El Coleccionista vendría a cobrar.

Capítulo 3: La Noche del Silencio

El cinco de enero, Elena se convirtió en una fortaleza.

—Leo, cariño, este año los Reyes Magos me han mandado un mensaje. Están muy ocupados y dicen que van a dejar los regalos en casa de la abuela.

—¡No! —protestó Leo, con la cara roja—. ¡Tienen que venir aquí! ¡He puesto los zapatos! ¡Y el agua para los camellos!

—Haremos la Cabalgata en el pueblo de la abuela, será más divertido —mintió Elena, mientras metía ropa en una bolsa.

—¡No quiero! ¡Quiero ver al Paje de los caramelos!

Elena se congeló. —¿Qué Paje, Leo?

—El del parque. Me dijo que me traería un regalo especial si era bueno y me quedaba en mi cuarto esta noche.

La habían rodeado. El Coleccionista no solo había hablado con ella; había cooptado a su hijo.

—Leo, escúchame. Ese hombre no es un Paje Real. Es un hombre malo.

—¡No es malo! ¡Es mágico! ¡Y me dio la pluma!

Elena tiró la bolsa al suelo. No podían huir. Si se iban, el Coleccionista lo tomaría como una ruptura del «trato». ¿Qué les pasaría entonces? Recordó a las gemelas. A Sofía. El castigo era peor que la entrega.

Tenía que enfrentarse a él. Aquí.

La Cabalgata empezó. Los altavoces retumbaban con villancicos. Elena cerró las ventanas, bajó las persianas. La luz naranja de las bengalas de la calle se filtraba por las rendijas.

—¿Por qué no vamos, mamá? ¡Está pasando!

—Estamos castigados —dijo Elena, con voz dura.

—¿¡Qué!? ¿¡Por qué!?

—¡Porque lo digo yo!

Leo rompió a llorar, una rabieta monumental. «¡Te odio! ¡Eres mala! ¡Ojalá viniera el Paje y me llevara!»

Elena sintió cada palabra como un cuchillo. ¿Era esto parte del plan? ¿Hacer que el niño la rechazara, para que el Coleccionista pareciera el salvador?

A las diez, Leo, agotado de llorar, se quedó dormido en el sofá. Elena lo llevó a su cama. Puso el agua y el turrón en el salón, junto a los zapatos de Leo, como cada año. Pero junto a ellos, dejó un pesado atizador de la chimenea.

Se sentó en el sillón del salón, en la oscuridad total. Y esperó.

Medianoche. Nada.

La una. El silencio de la calle era absoluto, pesado por la resaca de la fiesta.

Las dos. El crujido de la madera de la casa. El goteo de un grifo.

Las tres. Elena empezó a cabecear. El cansancio era un veneno.

Las 3:33 AM.

Un sonido. No fue un crujido. Fue un deslizamiento. Como terciopelo sobre madera pulida.

Venía del pasillo.

Elena agarró el atizador, su respiración atrapada en la garganta. Se levantó sin hacer ruido. La luz de la luna, ahora fuerte, entraba por la ventana e iluminaba el salón.

No había nadie.

Pero los zapatos de Leo no estaban donde los había dejado. Estaban perfectamente alineados frente a la chimenea. Y el vaso de agua estaba vacío. El turrón había desaparecido.

—Imposible —susurró. Ella no se había movido de ese sillón.

Entonces lo vio.

De pie, en el rincón más oscuro del salón, donde la luz de la luna no llegaba, había una silueta. Alta, delgada, vestida con el traje de Paje Real de terciopelo azul.

—La magia es silenciosa, Elena —dijo la voz de terciopelo.

El Coleccionista dio un paso hacia la luz. Era joven, terriblemente hermoso, con ojos oscuros que parecían absorber la luz.

—No eres real —dijo Elena, levantando el atizador.

—Soy tan real como la ilusión que usted fabricó. Soy el intermediario. El que equilibra la balanza. Usted deseó silencio. Su hijo deseó lo imposible. Yo traigo ambos.

—No tocarás a mi hijo.

—Ya lo he hecho —sonrió él—. El caramelo solo confirma el contrato. La pluma es el recibo. Y el regalo… —Señaló hacia el pasillo—. Ya está entregado.

Elena gritó. Corrió por el pasillo hasta el cuarto de Leo.

Sobre la cama, donde su hijo dormía plácidamente, había una caja envuelta en papel dorado. Era el Halcón Milenario. La edición más grande.

Elena se giró. El Paje estaba detrás de ella, en el pasillo. Había aparecido allí sin hacer ruido.

—No lo toques —le advirtió él—. Es suyo. Si rechazas el regalo, rechazas el trato. Y el precio del silencio se convierte en el precio del ruido.

—¿Qué significa eso?

—Significa que la ilusión que le quito a él… la tendrás que llevar tú.

El Coleccionista levantó una mano. En su palma había otro caramelo de resina. Pero este era mucho más grande.

—La locura es un ruido muy fuerte, Elena. Pregúntale a Clara. Ella rechazó el trato al principio. El silencio de Sofía fue la consecuencia de su intento de gritar.

Elena estaba atrapada. Si cogía el regalo para destruirlo, el Paje la «castigaría» a ella, probablemente con la misma suerte que Clara: una mente rota, capaz solo de ver la verdad mientras todos los demás la llamaban loca. Si dejaba el regalo, su hijo se convertiría en Sofía.

—¿Qué eres? —susurró, lágrimas de pánico corriendo por su cara.

—Soy la letra pequeña —dijo él—. El precio de quererlo todo.

Leo se movió en la cama. Suspiró. «Gaspar…», murmuró entre sueños.

El Coleccionista miró al niño. Su rostro, por un instante, mostró algo parecido a la tristeza.

—Es un buen niño. Tiene una ilusión muy pura. Será un silencio muy… hermoso.

—No —dijo Elena.

—No tienes elección. El trato está cerrado.

—Todo trato se puede romper.

Elena no corrió hacia el regalo. Corrió hacia su hijo. Lo agarró, lo sacó de la cama y lo abrazó contra su pecho.

—¡Despierta, Leo! ¡Despierta!

Leo abrió los ojos, confundido, asustado. —¿Mamá? ¿Qué pasa?

—¡Grita, Leo! —le ordenó Elena—. ¡Grita todo lo que puedas!

Leo, asustado por la oscuridad y la intensidad de su madre, hizo lo que le pedía. Soltó un alarido agudo, infantil, lleno de pánico.

El Coleccionista se llevó las manos a los oídos. Su rostro perfecto se contrajo de dolor. El ruido. El ruido puro, sin filtrar, de un niño asustado.

—¡Has roto las reglas! —siseó.

—¡Yo hago las reglas en mi casa! —gritó Elena.

Siguiendo un impulso, agarró la lámpara de sal del Himalaya de la mesilla de noche y la lanzó contra la caja dorada. El juguete se rompió con un sonido sordo.

El Paje gritó, un sonido inhumano, como el de mil cristales rotos. La luz de la luna pareció doblarse a su alrededor. Se tambaleó hacia atrás, hacia el salón.

—¡Pagarás por esto! ¡El silencio encontrará la forma!

Corrió. Elena lo siguió, con Leo en brazos. Vio cómo el Coleccionista abría la puerta principal y desaparecía en la noche.

Elena se desplomó contra la pared, hiperventilando, abrazando a su hijo que lloraba.

Estaba a salvo. Habían ganado.

Capítulo 4: El Eco del Silencio

El seis de enero llegó con un sol frío y brillante.

Cuando Elena se despertó en el sofá, aún abrazada a Leo, por un momento pensó que todo había sido una pesadilla inducida por el estrés.

Entonces vio el salón.

Los zapatos de Leo seguían junto a la chimenea. El vaso de agua estaba lleno. El turrón, intacto.

Y en el pasillo, los restos del Halcón Milenario. No era un juguete. Los trozos rotos no eran de plástico. Eran de madera oscura, casi negra, y olían a ozono y a polvo antiguo.

No había rastro del Paje.

—Mamá… —La voz de Leo era pequeña.

Elena se preparó para el silencio. Se giró para mirarlo, con el corazón en un puño.

Leo la miraba con los ojos muy abiertos. —¿Tú rompiste mi regalo de Reyes?

Elena respiró. Aire. Habló. ¡Había hablado!

—Leo… yo…

—¡Eras tú! ¡Tú eras el Paje malo! —Leo saltó del sofá—. ¡Rompiste mi Halcón! ¡Te odio!

La ilusión de Leo se había roto. Pero no se la había robado el Coleccionista. Se la había roto ella.

El llanto de su hijo era desgarrador. Era ruido. Era ira. Era vida.

Elena aceptó la culpa como un escudo. —Sí, cariño. Fui yo.

Pasaron el Día de Reyes más triste de sus vidas. Leo no quiso comer Roscón. Se encerró en su cuarto. Elena recogió los trozos de madera negra con guantes de goma y los tiró a un contenedor lejos de su casa.

Por la tarde, fue a ver a Clara.

La encontró en el porche. Cuando Elena se acercó, Clara la miró. Y por primera vez en un año, Clara sonrió. Una sonrisa débil, pero real.

—Se ha ido —dijo Clara.

—¿Cómo lo sabes?

—Mira.

Clara señaló al jardín. Sofía estaba allí. No estaba jugando. Estaba de pie, mirando un hormiguero. Pero la casa de muñecas victoriana no estaba con ella. Estaba tirada junto a los cubos de basura, con el techo hundido.

Mientras Elena miraba, Sofía se agachó. Cogió un palo. Y aplastó una hormiga.

—¿Sofi? —dijo Elena, acercándose.

Sofía levantó la vista. Sus ojos, antes vacíos, ahora tenían un brillo. Un brillo frío, calculador. Miró a Elena y dijo, con una voz ronca por el desuso:

—Me quitó mi casa.

No era la Sofía de antes. El silencio la había cambiado. El Coleccionista le había quitado la ilusión, pero Elena, al romper el ciclo, había dejado que algo más entrara en ese vacío.

Elena volvió a casa sintiendo que no había ganado. Solo había cambiado las reglas de la partida.

Esa noche, acostó a Leo. Él seguía enfadado, pero la dejó arroparlo.

—Mamá —dijo justo antes de dormirse—. ¿Los Reyes Magos existen?

—Sí, cariño. Existen.

—¿Pero los Pajes son todos buenos?

Elena tragó saliva. —Casi todos. Pero como en todo, Leo, siempre hay que tener cuidado con lo que se desea. La magia de verdad… siempre tiene letra pequeña.

Cerró la puerta de su cuarto y fue a la cocina. Sobre la mesa, donde no había nada hacía una hora, había un solo caramelo.

Envuelto en papel dorado.

Junto a él, una nota escrita con una caligrafía exquisita.

«Has comprado un año de ruido. Disfrútalo. La ilusión es paciente. Volveremos a negociar.»

Elena miró el caramelo. Luego miró al pasillo, hacia el cuarto de su hijo. El Coleccionista seguía ahí fuera. Y tenía un contrato que renovar.

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